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Una reflexión

Soy Felipe Cajiga y quiero compartir con ustedes, una historia. En más de 36 años de carrera en el campo tanto de la filantropía, como de la responsabilidad social he tenido la oportunidad al igual que la mayoría de ustedes, de trabajar brindando servicio a la sociedad.

¡Además de haberlo hecho desde organizaciones, fundaciones, universidades y empresas, ya sea como fundador o consejero, como académico, o director, como autor, asesor, como instructor… y hasta como voluntario! ¡Las experiencias, en el viaje de mi vida profesional han sido increíbles!

La suma de todo lo visto y lo escuchado, me llevó a reconocer el papel que toca por desempeñar a la empresa, como la organización humana que indudablemente tiene el mayor potencial de generar riqueza y bienestar social.

Pero también hay que decirlo: cuando la empresa no asume ese rol, se convierte en generador de desigualdad e inequidad social. si bien es cierto que cada actor de la sociedad tiene un “rol” que es fundamental para alcanzar la transformación social. Ésta no puede ser posible… si es que actuamos en solitario.

A lo largo de tantos años he tenido la fortuna de ver muchos proyectos, desde que eran “solo la idea”, he vivido el ciclo completo: iniciar, crecer, fallar, tener éxito, cumplir con su fin. Comprendo bien que detrás de cada proyecto, hay un factor del que no se habla mucho: la gente.

Los auténticos responsables del rumbo de cada proyecto son las personas, los líderes, profesionales y voluntarios tan importantes, que a veces se “sacrifican” en nombre de la causa. Tan importantes, que sin ellos no sería posible alcanzar los objetivos.

literalmente dan todo de si por la causa, muchos en solitario, con muy pocos recursos y casi sin ninguna ayuda. ¡Eso no tiene por qué ser así! El tener una vocación social, no debe implicar sacrificarnos y ser como mártires. Debemos saber cómo pedir, buscar, aceptar y ofrecer ayuda de muchos que, como nosotros, pueden compartir el camino o hasta el mismo propósito.

Después de una pausa que me impuso la vida, tuve que hacer replanteamientos. El resultado fue entender que no debía buscar el qué hacer o cómo hacerlo, sino el “para qué”.

Ese “para qué” es el que me colocó en este punto. Lo que me motivó no solo a impulsar una nueva forma de actuar de las empresas, sino de ayudar a encontrar el propósito detrás de cada persona, de cada carrera, de cada organización. Alinearlos y desde ahí generar ese efecto inspirador y creador para el cambio que todos merecemos.

Con el paso del tiempo, he comprendido que toda empresa tiene un propósito, que debe descubrir y buscar consistentemente. Solo de la mano de personas con “propósito” compartido alcanzaran el beneficio de dejar un legado que haga sostenible su negocio impulsando la innovación social que permita el bienestar o el mejoramiento de la calidad de vida de las personas detrás de cada programa, de cada producto o cada servicio.

Este será el más importante indicador de éxito de nuestra labor como profesionales y como negocios y marcas con sentido. A este “Movimiento” habrán de integrarse aquellos que compartan esta visión de liderazgo consciente, empoderamiento y responsable. compartir con todos aquellos agentes de cambio.

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