Biofinanciamiento para acumular capital natural y proteger las economías

Autor: Alejandro Pagés Tuñón [1]

Columna: Estrategias circulares



La creciente amenaza a la biodiversidad del planeta, de la que depende la vida en la tierra, está bien documentada. Está disminuyendo más rápido que en cualquier otro momento de la historia registrada, y esto tiene serias implicaciones para la salud humana y la prosperidad. Alrededor de un millón de especies animales y vegetales se enfrentan a la extinción, según las Naciones Unidas. La actividad humana ha alterado casi dos tercios de la superficie de la tierra. Esto está ejerciendo una enorme presión sobre la naturaleza y aumentando el riesgo de enfermedades zoonóticas como COVID-19, viruela del simio u otras, a medida que los humanos entran en mayor contacto con la vida silvestre. Además, se espera que el cambio climático se convierta en uno de los mayores impulsores de la pérdida de biodiversidad para la segunda mitad de este siglo. El aumento de las temperaturas y los cambios en los patrones de lluvia podrían igualar o incluso superar los efectos de la deforestación y la agricultura.


Ante este escenario es altamente previsible que la pérdida de biodiversidad afecte cada vez más las economías. Un equipo de economistas ha elaborado lo que dice que son las primeras calificaciones crediticias soberanas ajustadas a la biodiversidad del mundo. Estos muestran cómo la destrucción ecológica puede provocar rebajas en la calificación crediticia y hacer que los costos de endeudamiento se disparen. El informe dice que la degradación de los "servicios ecosistémicos" proporcionados por la naturaleza, como las abejas que polinizan los cultivos y las plantas que regeneran el suelo y evitan las inundaciones, puede crear enormes costos económicos.


La salida de las crisis: la oportunidad para nuestros hijos

Por ello, nos enfrenamos a la necesidad de impulsar grandes transformaciones, múltiples estrategias y acciones para atender las crisis ambientales. Debemos integrar y profundizar dos paradigmas que han cobrado más relevancia dentro del pensamiento y la actuación para detener las graves crisis que se sienten ya con gran fuerza en el mundo:


· La restauración de la naturaleza y los ecosistemas como pilar para un futuro próspero en biodiversidad, que mantenga los equilibrios del globo y la estabilidad en las condiciones de vida para toda la biota. Ello implica oxígeno abundante, tanto en los océanos para restaurar su productividad y sus cadenas alimentarias, como en las masas continentales para recuperar los bosques y sus contribuciones vitales.

· La economía circular como el pilar para cambiar los hábitos de consumo y las formas de producción ineficientes y depredadoras de recursos, que se valen de combustibles y energías no renovables, generando residuos y la huella de carbono en proporciones no asimilables por la naturaleza. Construir esta alternativa es un camino viable para lograr un futuro con “cero emisiones y cero residuos”.



Un futuro de prosperidad, equidad y felicidad para la humanidad no se puede concebir sin una era estable para el planeta Tierra y toda su biodiversidad. La ciencia, y nuestro cada vez más profundo entendimiento y conocimiento sobre los impactos provocados en la naturaleza, han hecho evidente que la estabilidad global del periodo holoceno está en riesgo. La estabilidad climática y atmosférica que provocó la mayor explosión de vida en la Tierra —y por la cual nuestra especie logró un éxito sin precedentes para convertirse en un depredador dominante que no solo evolucionó para adaptarse, sino que transformó el entorno para sobrevivir, multiplicarse y prosperar— está desapareciendo.


Esa capacidad de transformar el entorno es la clave para salir fortalecidos de estas crisis o para sucumbir ante el daño sistémico que se ha alcanzado y que amenaza con afectar la vida como la conocemos. A pesar de que la humanidad no ha podido erradicar el hambre, la pobreza, las plagas y las guerras en los últimos dos siglos, es incuestionable que todas las naciones y los pueblos del mundo están en las mejores condiciones de progreso de las que se tenga registro. Sin embargo, hoy vemos con más claridad que nunca que una pandemia como la del covid-19 ha podido trastocar nuestros hábitos más simples de vida. Esta sola crisis ha dañado todas las economías, los sistemas de salud, las comunidades, las poblaciones, las familias y a cada uno de los individuos.



Como resultado, la pobreza se acentuará, los conflictos sociales se multiplicarán y el trabajo informal e ilegal se verá exacerbado. Ello es una muestra de algunas consecuencias que enfrentaremos de la falta de estabilidad si no actuamos con prontitud para frenar los daños que se han provocado a los ecosistemas y al clima del planeta. Todos podemos actuar en las soluciones para evitar que se sigan agravando estas condiciones. Desde los mecanismos de cooperación internacional hasta cada uno de los hogares, todos jugarán un papel crítico en la construcción de un capitalismo natural con economía circular.


El Foro Económico Mundial estima que cuarenta y cuatro billones de dólares[2] de la producción, medida por el pib global (alrededor de la mitad), depende de la naturaleza, a gran escala o moderadamente. Esto da cuenta de los riesgos profundos que enfrentamos para las sociedades humanas si continuamos con su daño y destrucción. La mejor respuesta que tenemos a la mano es prevenir, mitigar y cubrir esos riesgos. La única opción viable es tomar todas las acciones para incrementar el capital natural y transformar la economía hacia el paradigma circular. Por ello, debemos impulsar acciones globales integrales para valorar, proteger y restaurar adecuadamente la naturaleza, ya que la prosperidad y el bienestar para las generaciones actuales y futuras, a largo plazo, están amenazados por la destrucción continua de la diversidad biológica, ocasionada por el agravamiento de los impulsores directos de los cambios en la naturaleza.



Un modelo transformador de capitalismo natural circular dará viabilidad a la sustentabilidad del futuro para el planeta y al progreso continuo de la humanidad a través de dos estrategias:


1. implementar mecanismos, herramientas y metodologías de política pública para lograr la inversión suficiente en capital natural y la instauración de modelos circulares, y

2. establecer las políticas que permitan transformar los hábitos de producción y consumo de nuestras sociedades.


Corresponde ahora señalar cómo podremos lograrlo. Recientemente, se presentó un enfoque amplio sobre el financiamiento de la conservación, como un esfuerzo de colaboración entre el Instituto Paulson,[3] The Nature Conservancy y la Universidad de Cornell.[4] En el documento elaboran un amplio argumento económico para proteger y conservar la naturaleza. Destacan una serie de mecanismos de política y financiación que, si se implementan, asegurarán nuevos fondos para la conservación de la biodiversidad. Pero, además, este trabajo puntualiza el valor de la naturaleza; si bien este no es totalmente mensurable, es evidente que su destrucción presenta riesgos profundos para las sociedades humanas y, como con cualquier riesgo grave al que nos enfrentamos, la respuesta racional es la cobertura.


Ante un riesgo sistémico, como el que observamos para la biodiversidad, es fundamental valorar, proteger y restaurar adecuadamente la naturaleza. Para impedir la destrucción continua de la diversidad biológica, que es fuente de la prosperidad y el bienestar de las generaciones actuales y futuras, se deben impulsar políticas rentables de largo plazo. Retomo parte importante de este análisis porque se alinea claramente con las metas, los objetivos y las estrategias de política necesarias para construir un capitalismo natural circular para el planeta. Una de las visiones más relevantes que señala Henry Paulson es que “un planeta saludable es bueno para los negocios; es mucho más barato prevenir los daños ambientales que limpiarlo después”.


La conservación de la biodiversidad en el marco de la identificación de fuentes de financiamiento se agrupó en tres categorías para una gestión sostenible:[5]

· Zonas protegidas: consiste en aumentar las áreas terrestres y marinas protegidas para que alcancen 30% hacia el 2030. Cuenta con un amplio consenso de varias ong de conservación y muchos gobiernos, pero es fundamental avanzar en metas mundiales mucho más ambiciosas.

· Gestión sostenible de paisajes productivos y paisajes marinos: requiere una transición acelerada para el sector agrícola, que impulse prácticas de agricultura de conservación en las tierras de cultivo, de los pastizales mundiales, así como del sector pesquero mundial, para detener la sobreexplotación y del sector forestal, para apoyar prácticas de ordenación. Además, es urgente mitigar el impacto a la biodiversidad de las especies invasoras. La restauración de ecosistemas costeros degradados, como manglares, pastos marinos y estuarios, permitirá proporcionar múltiples beneficios vitales para las comunidades costeras.

· Zonas urbanas y zonas de alto impacto humano: la expansión urbana dará lugar a la conversión de unos 290 mil km2 de hábitats naturales para 2030, y tiene el potencial de degradar 40% de las áreas estrictamente protegidas a nivel mundial que se encuentran a poca distancia de las zonas urbanas, si esta expansión no se mitiga. El impacto de la contaminación en la calidad del agua de los entornos urbanos y, posteriormente, en la biodiversidad de los ecosistemas marinos y ribereños, aumentará por las aguas residuales no tratadas.


De acuerdo con estas categorías, la agregación de las necesidades mundiales de financiación de la diversidad biológica requiere entre 722 y 967 mil millones de dólares anuales proyectados para 2030. Esto representaba entre 0.7 y 1.0% del pib mundial, solo en 2019. Si estos se comparan con los flujos existentes de financiación para estos fines (124 a 143 mil millones de dólares), se puede estimar una La brecha mundial de financiación se encuentra dentro de un rango entre 598 y 824 mil millones de dólares al año. Esto significa que los niveles actuales de financiación cubren solo entre 16 y 19% de las necesidades generales para detener la pérdida de biodiversidad. La brecha media es de 711 mil millones de dólares al año.[6] Sin demeritar el enorme esfuerzo de lograr una medición de los flujos necesarios para cerrar esta brecha, no se debe olvidar que tales inversiones pueden ser mucho más importantes.


A partir de la medición de la brecha de financiación de la diversidad biológica, recientemente, se han explorado diversos mecanismos de políticas públicas que, si se implementan, asegurarán nuevos fondos para la inversión en capital natural y la conservación de la biodiversidad. Estos mecanismos de políticas brindan argumentos económicos sólidos para proteger y conservar la naturaleza de dos maneras: reduciendo gastos distorsionantes que provocan impactos adversos y aumentando los flujos de capital hacia los ecosistemas. Además, la inversión en biodiversidad también contribuirá, a partir de externalidades positivas, a alcanzar los objetivos de cambio climático, dado que las soluciones basadas en la naturaleza se encuentran entre las estrategias de mitigación del clima más rentables.


En el estudio de brechas de financiamiento, se propusieron nueve mecanismos de políticas públicas. En el marco del análisis que he venido realizando en este ensayo, podemos agrupar las brechas de financiamiento en cuatro categorías. Una primera comprende el diseño de políticas fiscales verdes: las subvenciones perjudiciales, así como la política fiscal y presupuestal. Estas políticas deben caracterizarse por ser no distorsionantes desde su diseño. Dentro de las estrategias de inversión en capital natural, las políticas fiscales verdes suponen un diseño adecuado para eliminar los costos externos y las fallas de mercado. Ello libera recursos mal aplicados y promueve la canalización adecuada hacia fines de sustentabilidad y mayor biodiversidad. Además, permite compensar a los grupos que pueden verse afectados por los cambios en el statu quo, evitando los sesgos distributivos.


El flujo nocivo estimado para 2019 arrojó entre 273.9 y 542.0 mil millones de dólares de subsidios a la agricultura, silvicultura y pesca, que podrían destinarse a compensaciones y subsidios eficientes, para apoyo a la biodiversidad y a la producción sostenible. Para 2030, este flujo potencial perjudicial podría reducirse a un rango de entre cero y 268.1 mil millones por año, si se impulsan las reformas. Por su parte, en 2019, los recursos obtenidos de los presupuestos y la política fiscal para apoyar la biodiversidad mostraron un flujo estimado de entre 74.6 y 77.7 mil millones de dólares por año. Se proyecta que podría aumentar en 2030 hasta alcanzar un flujo potencial de entre 103.0 y 155.4 mil millones de dólares por año[7].


Una segunda categoría agrupa la conservación y restauración a través de un mayor financiamiento, con medidas como el impulso a la infraestructura natural, las soluciones basadas en la naturaleza y los mercados de carbono, los productos financieros verdes y la asistencia oficial para el desarrollo, a fin de remediar lo inevitable con las compensaciones a la biodiversidad. La protección de la infraestructura natural tiene un doble propósito. En primer lugar, mantiene ecosistemas saludables a largo plazo y, en segundo lugar, ofrece servicios ecosistémicos a las poblaciones humanas, apoyando los medios de subsistencia y las comunidades.


En los últimos años, la urbanización y el consiguiente aumento de la demanda de recursos de las ciudades han elevado la importancia del suministro de agua y la protección de las cuencas hidrográficas, mientras que el creciente riesgo de fenómenos meteorológicos extremos y el aumento del nivel del mar han puesto de relieve la importancia de la protección costera.


La financiación de la infraestructura natural es proporcionada, casi en su totalidad, por entidades públicas, a través de subvenciones y contratos para la protección de cuencas hidrográficas, pero hay áreas emergentes que incluyen tanto la inversión del sector público como del privado.[8] Además, proteger y administrar los suministros naturales de agua, así como el control de inundaciones, puede ser más económico que los enfoques de gigantescos proyectos de ingeniería tradicionales como diques o rompeolas, los cuales, además, trastornan el equilibrio ambiental. Por su parte, los casos de inversión en manglares que presenté en este libro muestran los beneficios de las inversiones.


Para impulsar las soluciones climáticas naturales, varios países están desarrollando políticas nacionales —en algunos países, subnacionales o locales— que utilizan los precios del carbono como parte de sus estrategias climáticas generales. Estas políticas suelen adoptar la forma de impuestos directos sobre el carbono o la creación de un programa regulado de límites máximos y comercio. Así, los emisores de gei se limitan y regulan a través de programas que permiten la creación y comercialización de créditos de carbono. El comercio activo de estos créditos (que se emiten en toneladas métricas de dióxido de carbono equivalente) permite la creación de un mercado de carbono robusto. Cuando los países permiten la creación de compensaciones de carbono por las prácticas forestales u otros proyectos naturales, la venta de estos créditos puede crear una importante fuente de financiación para la protección de los bosques y la biodiversidad.


Los productos financieros verdes logran proyectos con impacto positivo en la biodiversidad. Principalmente, como deuda y capital, facilitan la inversión sostenible, y han aumentado dramáticamente en los últimos años, produciendo beneficios ambientales. Bonos verdes, préstamos verdes y fondos de capital privado apoyan ya la biodiversidad. Asimismo, siguen aumentando las innovaciones emergentes de las finanzas verdes, como los bonos de impacto, los productos de seguros y el creciente papel que los gobiernos están desempeñando a través de los bancos verdes, las facilidades financieras y los esfuerzos para incentivar más inversión privada sustentable.[9] Sin embargo, los mercados financieros también requieren apostar por la inversión como un nuevo horizonte de oportunidades, para restaurar el capital natural de los ecosistemas, a través de infraestructura, de la transición energética, de modelos innovadores de negocios y de tecnologías, todos con etiqueta sustentable y de economía circular, los cuales requerirán capitales por cientos de billones de dólares en la próxima década.


El mercado de bonos verdes ofrece una forma de aprovechar capital privado a largo plazo, pero no será suficiente para financiar la transición a un futuro con bajas emisiones de carbono y restitución del capital natural si no aumentan su participación radicalmente, pues representaron solo 3% de la emisión global de bonos en 2018. La única forma de alcanzar la meta es financiando nuevas tecnologías de color verde profundo y apoyo a todas las empresas que trabajan para ser sustentables. La incorporación de estas estrategias de inversión, que tienen un alto peso en las acciones bursátiles ambientales, sociales y de gobernanza, acompañadas de una taxonomía de bonos verdes con más tonalidades, será de gran utilidad para generar impactos relevantes que aminoren los efectos climáticos y logren frenar el daño en los ecosistemas.[10]


Los países desembolsan la asistencia oficial para el desarrollo (aod) directamente o a través de instituciones multilaterales, para apoyar y promover el desarrollo económico y el bienestar de los países en desarrollo. Esta incluye financiación concesional, subvenciones y prestación de asistencia técnica para aumentar la protección de la diversidad biológica.[11]

Las compensaciones de diversidad biológica son la última opción en la jerarquía de la mitigación (evitar, minimizar, restaurar y compensar). Se trata de políticas de protección encargadas por los gobiernos para compensar los daños inevitables a la biodiversidad, derivados de un proyecto de desarrollo, cuando la causa de los daños resulta difícil o imposible de eliminar. Las compensaciones deben ejecutarse una vez que los proyectos de desarrollo hayan hecho todo lo posible para evitar y minimizar los impactos ambientales adversos.


Dada la rápida expansión de los centros urbanos y el desarrollo asociado de la infraestructura, las compensaciones de este tipo son una forma para que la biodiversidad reciba un mayor financiamiento y protección. En el marco de una política de compensación, toda diversidad biológica que se pierda para el desarrollo debe compensarse, de tal manera que haya una ganancia neta o, al menos, ninguna pérdida neta de biodiversidad.


Actualmente, 42 países cuentan con políticas de compensación de la diversidad biológica, pero menos de 20% logra pruebas de observancia.

La gestión de riesgos de inversión puede verse como una tercera categoría que se refiere a la mitigación de posibles daños al capital natural y a la biodiversidad. Esta va de la mano con las medidas de prevención y su importancia es crítica para el futuro —como vimos al evaluar casos como la protección costera por la reforestación de bosques azules de mangle en el mundo—. Las instituciones financieras tienen una responsabilidad enorme en la comprensión y gestión de los riesgos para la biodiversidad, derivados de sus inversiones.


Cada día se hace más evidente que la crisis climática y el calentamiento global han generado costos humanos inconmensurables, así como pérdidas financieras significativas. Solo en 2018, las pérdidas aseguradas fueron de 80 mil millones de dólares, el doble del promedio ajustado por inflación de los últimos 30 años. Pero las carencias de protección en los países de ingresos bajos y medianos significan que los no asegurados están sufragando aún mayores costos. Un record se alcanzó en 2017, de 140 mil millones de dólares en pérdidas aseguradas que fue eclipsado por 200 mil millones de dólares adicionales sin seguro. En algunos de los países más expuestos al cambio climático, la penetración de seguros es inferior a 1%.


Lloyd’s de Londres estima que los beneficios económicos potenciales de un aumento de 1% en la penetración de los seguros pueden traducirse en una reducción de 13% en las pérdidas no aseguradas, y una carga de recuperación ante desastres 20% menor para los contribuyentes. Los beneficios sustanciales macroeconómicos incluyen el aumento de la inversión y de la producción (potencialmente hasta 2% del pib) y una mayor resiliencia climática.[12]


De este modo, la comunidad financiera y de negocios globales debe concientizarse sobre la necesidad de restituir el capital natural de los ecosistemas del planeta rápidamente. Ello requiere una reasignación masiva de capital no exenta de riesgos, pero a cambio de oportunidades sin precedentes. La Agencia Internacional de Energía estima que una transición baja en carbono podría requerir 3.5 billones de dólares en inversión en el sector energético cada año, durante décadas, es decir, el doble de la tasa actual. Según el escenario de la agencia, para que el carbono se estabilice hacia 2050, casi 95% del suministro de electricidad debe ser bajo en carbono y 70% de los automóviles nuevos deben ser eléctricos, mientras la intensidad del dióxido de carbono del sector de la construcción tiene que caer 80%.


Por ello, se requiere un sistema financiero con visión de sustentabilidad y restauración del capital, acorde con el modelo de capitalismo natural y economía circular. Este sistema tendría que fortalecer las iniciativas del sector privado y amplificar la eficacia de las políticas climáticas de los gobiernos, además de acelerar la transición a una economía baja en carbono. ¡Y se requiere ya! La conciencia climática del medio financiero debe ser comprensiva para transformar la gestión del riesgo climático e impulsar inversiones sustentables.


Uno de los esfuerzos coordinados que va en el camino correcto es el Grupo de Trabajo sobre Divulgaciones Financieras Relacionadas con el Clima (tcfd, por sus siglas en inglés), presidido por Michael Bloomberg, cuya misión es proveer un marco amplio, práctico y flexible para la divulgación corporativa de los riesgos y oportunidades en torno al clima. La demanda de divulgación de tcfd es ahora enorme y los partidarios actuales controlan balances por un total de 120 billones de dólares. Esto incluye a los principales bancos del mundo, administradores de activos, fondos de pensiones, aseguradoras, agencias de calificación crediticia, firmas de contabilidad y servicios de asesoramiento a los accionistas. Los administradores de inversiones que controlan más de 45% de los activos globales respaldan las actividades de los accionistas en materia de divulgación de carbono, y las empresas que representan más de 90% de los servicios de asesoramiento a los accionistas, ahora, apoyan al tcfd.


En consecuencia, es necesario avanzar en las prácticas de gestión de riesgos de inversión obligatoria y voluntaria, las cuales incluyen herramientas y estándares de detección adoptadas para evitar inversiones con impactos negativos en la biodiversidad, o para impulsarlas e invertir en áreas con impactos positivos en ella. Dada la enorme escala de los mercados mundiales de capitales y los billones de dólares invertidos en infraestructura, energía, transporte, extractivos y otros proyectos dañinos, la incorporación de estas prácticas de gestión de riesgos, relacionadas con la biodiversidad, en los mercados financieros convencionales representa una enorme oportunidad para prevenir impactos negativos en la biodiversidad.[13]


La tarea de las instituciones financieras es descomunal y apremiante: tanto bancos centrales como reguladores deben probar sus modelos de riesgo bajo escenarios catastróficos. Los proveedores de capital (bancos, aseguradoras y administradores de activos, y sus supervisores) deben lograr una mejor comprensión y gestión de los riesgos financieros relacionados con el clima y la biodiversidad, pues los cambios en las políticas climáticas, las nuevas tecnologías y los crecientes riesgos físicos impulsarán la reevaluación de prácticamente todos los activos financieros. Las empresas que alinean sus modelos de negocio con la transición a un mundo de “emisiones netas cero” obtendrán recompensas atractivas, y aquellos que no se adapten, dejarán de existir.[14]


En última instancia, la rapidez con la que se desarrolle el nuevo sistema financiero sustentable dependerá de qué tan ambiciosas y efectivas sean las políticas climáticas gubernamentales de las naciones. Si más países convierten sus compromisos del Acuerdo de París en objetivos legislativos y acciones concretas, el sistema financiero amplificará el impacto de sus esfuerzos, mediante el avance de inversiones sostenibles y el cierre de actividades insostenibles. Aquí es donde las autoridades financieras de los países, las asociaciones y los organismos financieros internacionales jugarán un papel preponderante para desarrollar los marcos para los ajustes eficientes de la política climática, entendiendo las necesidades de los mercados de interiorizar objetivos, estrategias e instrumentos.[15]


Finalmente, una cuarta categoría considera el desarrollo de las cadenas de suministro sostenibles, lo cual se relaciona con la gestión de los aspectos ambientales, sociales y de gobernanza del movimiento de bienes y servicios, desde los productores hasta los consumidores finales. En gran medida, el impacto histórico de las cadenas mundiales de suministro ha sido negativo para la biodiversidad, debido a que fue impulsado por su concepción lineal. Ello implicó el consecuente cambio de uso de la tierra y prácticas insostenibles, asociadas con los productos básicos, como las agrícolas, forestales y pesqueras, entre otras. Sin embargo, un cambio hacia prácticas de gestión más responsables de la cadena de suministro ofrece la oportunidad de evitar daños y apoyar la biodiversidad. Este aporte de recursos a la biodiversidad converge dentro de los modelos de negocio circulares y las políticas para desarrollo de estos mercados también circulares.


Esto lo comentaré en un siguiente apartado.



 

[1] El autor es consultor en políticas públicas, economía y regulación. Twitter: @APagesT FB y LinkedIn: Alejandro M Pagés Tuñón [2] Trillones en inglés. [3] El Instituto Paulson es un “think and do tank” no partidista e independiente dedicado a fomentar una relación entre Estados Unidos y China que sirve para mantener el orden global en un mundo en rápida evolución. A menudo, operan en la intersección de la economía, los mercados financieros, la protección del medio ambiente y la promoción de políticas, para un crecimiento económico equilibrado y sostenible. Fue fundado en 2011 por el exsecretario del Tesoro Henry M. Paulson. [4] Cornell Atkinson Center for Sustainability es el centro de la investigación colaborativa de sostenibilidad en esa universidad. Esta forja conexiones vitales entre investigadores, estudiantes, personal y socios externos. Con la profunda y amplia base de conocimientos de la universidad como base de conocimientos, reúne a expertos e innovadores apasionados, teóricos y profesionales, líderes empresariales y filántropos, para ofrecer soluciones de sostenibilidad a gran escala y a largo plazo. [5] Para una amplia explicación de estas categorías y los costos asociados a cada una, véase el Informe de Financiación de la Naturaleza: “Cerrando la Brecha Global de Financiación de Biodiversidad” (Deutz, 2020). [6] Deutz, 2020. [7] Deutz, 2020. [8] Deutz, 2020. [9] Deutz, 2020. [10] “Riesgos y oportunidades de la crisis climática para el sistema financiero” (Pagés Tuñón, 2020). [11] Deutz, 2020. [12] Pagés Tuñón, 2020. [13] Deutz, 2020. [14] Pagés Tuñón, 2020. [15] Pagés Tuñón, 2020.

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